viernes, 29 de marzo de 2019

Última oportunidad

Hace aproximadamente un mes he recuperado el contacto con un hombre muy importante en mi vida, tanto a nivel personal como sexual. 
A pesar de que nunca he olvidado los buenos momentos que compartí con él en la cama, el hecho de volver a hablar con él está haciendo que rememore escenas concretas de nuestros encuentros. Esto me tiene muy alterada.

Quiso darse la casualidad de que la revista para la que colaboro mensualmente me pidió que escribiera sobre el mundo BDSM para la publicación de Abril y hacerlo supuso que se me revolvieran las entrañas porque fue precisamente con este hombre con el que descubrí el maravilloso mundo del placer a través del dolor.

Lo mágico del asunto reside en que ninguno de los dos conocíamos nuestra tendencia natural a la sumisión y la dominación, fue algo que fue surgiendo a través de los encuentros.

Tengo tatuado en mi memoria el momento justo de la eclosión, el instante exacto en el que descubrí que me encantaba sentirme dominada y sometida y que eso me producía una excitación máxima y provocaba en mí sensaciones hasta ese momento desconocidas.

Para poneros en antecedentes os cuento que en una de las muchas conversaciones que tenía con él, y que tanto echo de menos, le comenté que en mi vida había fingido muchísimos orgasmos; muchas veces por hastío y en la búsqueda de que todo se acabara pronto porque mi partener era verdaderamente malo en la cama  y otras porque después de explicarle al chico cómo debía hacer para ayudarme a alcanzar el orgasmo y tras comprobar que, o no lo entendía o no lo quería entender,me daba por vencida. 

Llevábamos apenas un mes de encuentros muy satisfactorios y en los que conseguimos una buena conexion desde el principio cuando, una mañana, estábamos follando en mi cama. Yo estaba sobre él y le cabalgaba. Como siempre me ha ocurrido cuando su polla estaba dentro mía, yo gemía de puro placer. Fue entonces cuando me lanzó una mirada fría y canalla, una mirada que me dejó desconcertada y, acto seguido, me dijo: "conmigo no finjas, porque si me entero de que finjes conmigo te doy una hostia" y esas palabras las acompañó con el gesto de llevar su mano hacia mi cara.

En ese momento un relámpago atravesó todo mi cuerpo, es difícil explicar la sensación que me recorrió entera. Sólo sé que desde ese momento yo ya no era la misma, algo había cambiado en mí y en mi forma de ver y vivir el sexo. Justo en ese instante deseé entregarme en cuerpo y alma a ese hombre. Y puedo aseguraros que ese sentimiento aun perdura en mí, a pesar del tiempo y los sinsabores de nuestra relación de amistad.
De hecho, tiempo después y años sin ninguna relación y de no mediar con él ninguna palabra, aun siento que le pertenezco. Es como si la unión que se formó en ese mágico momento hubiera sido un pacto inquebrantable en el que yo, de manera inconsciente, quedé enganchada a él de tal modo que jamás podría pertenecer a ningún otro porque sólo él tiene la capacidad de dominarme y sólo a él deseo entregarme verdaderamente.

Recuerdo que, tras ese suceso, el primer orgasmo que alcancé fue muy diferente a todos los anteriores de mi vida. La intensidad y las sensaciones en el momento de correrme fueron tan intensas que se convirtieron en una droga para mí a la que ya jamás podría renunciar.

Después de ese primer momento, unos días después, fui yo la que le pedí que me abofeteara. Lo deseaba de verdad, necesitaba sentir en mi mejilla el dolor de la rudeza de sus manos y el calor del escozor. Pero, sobretodo, necesitaba sentirme suya a través de su dominación.
Cierto es que ya me había azotado el culo en varias ocasiones, pero nada fuera de lo normal de cualquier encuentro.

Tardó en decidirse, temía hacerme daño. Realmente es difícil calcular bien la fuerza para causar dolor sin sobrepasarse. Pero yo se lo pedí encarecidamente y logré convencerle.
Las primeras veces eran bofetadas suaves, pero cargadas de simbolismo. Él también comenzó a descubrir que disfrutaba enormemente a través de la dominación y cada vez me pegaba con más fuera y decisión. Los azotes en el culo también fueron aumentando en intensidad.

Tirones de pelo mientras le comía la polla o me sodomizaba a cuatro, insultos bien utilizados en los momentos exactos y tosquedad intercalada con momentos tiernos le convirtieron en un perfecto amante.

Reconozco que hubo ocasiones en las que yo hacía por enfadarle para que, si no podía venir a follarme, conseguir la manera de hacerle aparecer en mi casa para castigarme. Llegaba verdaderamente cabreado y desataba su furia (siempre controlada) sobre mí y dentro mío. 

Con él conocí, por primera vez, la sensación de echar de menos a un hombre desde el mismo momento en el que salía por la puerta de mi casa.

Pero llegó el momento en el que yo le pedía más de lo que él podía darme; unido a que, desgraciadamente, entre nosotros se formó una parábola en la que mientras mi deseo hacia él aumentaba, el suyo por mí disminuía. Eso fue difícil de digerir, sobretodo habiéndose convertido en un hombre tan especial para mí y al haber alcanzado semejante punto de entrega hacia él. Incluso llegó a decirme que, mi entrega y devoción hacia él llegaron a ser una molestia en vez de una satisfacción.

Las relaciones humanas son así.....

Cometí muchos errores llevada por la desmedida pasión y sentí la fría losa de su ausencia cuando se alejó definitivamente con el mismo dolor de una muerte. Lloré noches enteras sin consuelo y deseé odiarlo. Pero llegó el día en que comprendí que debía aceptar que lo nuestro no era recíproco y no se puede obligar a nadie a desear. Aun así, aun hoy, me siento unida a él con una extraña fuerza que hace que mi voluntad sea inquebrantable. 

Cuando te ocurren este tipo de cosas, te das cuenta de que vale mucho más la pena conocer la felicidad durante un breve período de tiempo a pesar del dolor que supone la pérdida, que pasar la vida sin sentir.

Ahora lo he recuperado y no pienso dar ni un solo paso en falso. Porque hay personas que son imprescindibles en nuestra vida, aunque sea en la distancia.




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